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Es un escenario tan improbable que parece sacado de una historia de Hollywood: un submarino, operado por un piloto y con turistas que pagaron unos US$ 250.000 cada uno, descendió al fondo del océano para que sus pasajeros pudieran ver los restos del RMS Titanic. Y entonces desapareció.

Las Fuerzas Armadas de Canadá y la Guardia Costera de EE.UU. buscan la nave, que perdió contacto con su buque base en la mañana de este domingo, frente a la costa de Cape Cod. OceanGate Expeditions, la empresa encargada de la exploración, no ha confirmado quién iba a bordo, pero sabemos que entre los pasajeros se encuentran Hamish Harding, un empresario británico radicado en Emiratos Árabes Unidos; Shahzada Dawood, un empresario paquistaní, y su hijo, Sulaiman Dawood.

Es interesante observar la fascinación nacional por esta historia. Especialmente en comparación con, por ejemplo, la atención que recibió el naufragio en el Mediterráneo de otro barco, uno que iba lleno de migrantes desesperados la semana pasada. Decenas de personas murieron, y cientos de hombres, mujeres y niños siguen desaparecidos. Muchos migrantes, en su mayoría procedentes de Siria, Egipto y Pakistán, podrían estar muertos.

Y la Guardia Costera de Grecia no intervino, a pesar de las señales de que la embarcación estaba en peligro. También culpó a los migrantes que, según la agencia, no querían ayuda. La indignación y la angustia generalizadas por los cientos de almas que asumieron un riesgo extraordinario en busca de una vida mejor, y por quienes les fallaron en el camino, parecen mucho más justificables que el frenesí por un pequeño grupo perdido de turistas aficionados, por trágicas que puedan resultar ambas circunstancias. Sin embargo, aunque la historia de los migrantes está lejos de haberse ignorado, no está recibiendo las mismas actualizaciones minuto a minuto que los exploradores perdidos del Titanic.

Pero el interés humano, lo sabemos, no es proporcional al sufrimiento humano, y a menudo tiene poco que ver con quién o qué merece una atención significativa. Y la historia de un submarino ocupado por adinerados curiosos y perdido en las profundidades del océano tiene todos los componentes de una historia adictiva: ironía, suspenso, potencial tragedia, posible gloria, estilos de vida de los millonarios, aspiración y arrogancia.

En primer lugar, está el puro espectáculo del esfuerzo de rescate, con su cuenta regresiva del oxígeno que les queda a las personas a bordo del submarino. Lo que está en juego no podría ser más grave.

Y ahí está la novedad: ¿quién, al menos entre nosotros los de clase media, sabía siquiera que existía la posibilidad de descender en un «submarino» privado para ver los restos del Titanic? (¿Quién entre nosotros había oído siquiera la palabra » sumergible » como sustantivo antes de este incidente?) Esta historia nos ofrece a la mayoría de nosotros una pequeña visión de vidas y aventuras que ni siquiera somos lo bastante ricos para imaginar, y con ello, quizá aspiración para algunos y resentimiento para otros.

Las similitudes con el Titanic, una historia que sigue despertando fascinación más de un siglo después de su hundimiento, añaden otra capa de interés. El naufragio del Titanic se ha quedado en nuestra memoria, en parte, porque es una historia de profunda arrogancia: el gran barco «insumergible», que transportaba a viajeros adinerados y estaba repleto de los mejores productos, se hundió de forma dramática (y cinematográfica), demasiado rápido para que llegara la ayuda, pero lo bastante lento para ser captado más tarde de manera detallada en la pantalla, para luego ser engullido por el océano y que pasaran décadas antes de que pudieran encontrarlo.

Moraleja: ninguna creación humana es rival para la madre naturaleza. Y ahora, un pequeño número de personas ostensiblemente adineradas, que pagaron varias veces lo que muchos estadounidenses ganan en un año por el privilegio de ver los restos centenarios, también han desaparecido en un profundo abismo.

Luego está el elemento del miedo, y la otra cara del miedo: la curiosidad. A menudo existe un miedo inherente a lo desconocido y a lo que hay más allá de la tierra en la que vivimos: las profundidades del agua de nuestros océanos, la infinitud del espacio. Pero también hay curiosidad por lo desconocido: el deseo humano permanente de explorar más allá y superar los límites. Por supuesto, hay un costo que muchos exploradores pagan: sus vidas, como prueba de que el miedo estaba justificado y la curiosidad tenía consecuencias.

Ojalá fuéramos una mejor especie y nuestra atención se dirigiera a los acontecimientos en función de su importancia y escala reales. Pero somos una especie preocupada no solo por la vida y el bienestar de los demás, sino por grandes preguntas, a menudo sin respuesta: ¿qué más hay allá afuera? ¿Hasta dónde puede llegar la humanidad? ¿Cuáles son las consecuencias de ir demasiado lejos?

Un puñado de personas curiosas y con talento han dedicado su vida a responder a esas preguntas. Y un puñado de personas muy ricas han dedicado al menos parte de sus fondos a conocer lugares extraordinarios, ya sea en el fondo del océano o en el espacio.

Los demás observamos y esperamos a ver cómo acaba la historia, y si surge alguna moraleja que podamos examinar y de la que podamos aprender. Pero esto no es una parábola: se trata de cinco seres humanos y muchos más que trabajan sin descanso para salvar sus vidas.

Espero que los rescaten. Espero que los más ricos entre ellos paguen el costo de lo que probablemente sea un esfuerzo de búsqueda caro y financiado en gran parte con fondos públicos. Y luego espero que podamos dirigir colectivamente nuestra atención a las historias de aquellos de quienes podemos aprender mucho más: las personas que valientemente se adentraron en lo desconocido en busca de una vida mejor. Esas historias pueden ser menos cinematográficas, pero son mucho más importantes.

Fuente : CNN

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