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Estados Unidos se preparaba a comienzos de año para aprovechar una nueva etapa de relaciones con Venezuela, impulsada por el interés en sus enormes reservas petroleras y recursos minerales. Sin embargo, tras los devastadores terremotos registrados el pasado mes, Washington enfrenta ahora el desafío de liderar una costosa reconstrucción que podría alcanzar los 37.000 millones de dólares.

Los sismos destruyeron carreteras, afectaron redes eléctricas y provocaron el colapso de miles de edificaciones, dejando a miles de venezolanos sin vivienda y obligando a muchas familias a refugiarse en estadios, espacios públicos y las calles.

Según estimaciones de Naciones Unidas, los daños en infraestructura representan cerca de un tercio de la economía anual de Venezuela. Además, investigadores de la Universidad Estatal de Oregón calculan que alrededor de 69.000 edificios resultaron dañados o destruidos en comunidades costeras, especialmente en zonas del estado La Guaira, uno de los territorios más afectados.

“Estamos en manos de Dios, y también de los estadounidenses”, dijo Danny Muñoz, un trabajador de la construcción que participó en labores de rescate tras el derrumbe de un edificio donde murió su hijastra embarazada.

 

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